Por Julianne Geiger - 30 de junio de 2026, 3:57 PM CDT
El American Petroleum Institute (API) estimó que los inventarios de crudo en Estados Unidos cayeron 6.072 millones de barriles en la semana que finalizó el 26 de junio. En la semana anterior, los inventarios de crudo de Estados Unidos cayeron en 765.000 barriles.
Aunque los inventarios comerciales de petróleo crudo, excluyendo el SPR, han estado cayendo rápidamente durante más de dos meses, perdiendo 59,4 millones de barriles en las últimas once semanas, los inventarios de crudo de Estados Unidos solo han bajado 8 millones de barriles en lo que va del año, según datos de la API, mantenidos bajo control por los sorteos del SPR.
Para la semana que finalizó el 26 de junio, otros 5,5 millones de barriles abandonaron el SPR, lo que eleva el nuevo total a 325.7 millones de barriles, por debajo del mínimo de 2023 alcanzado durante la enorme reducción de la Administración Biden y el nivel más bajo en más de cuatro décadas. Los inventarios de SPR están ahora a 399 millones de barriles de la capacidad máxima.
La producción estadounidense aumentó a 13.819 millones de bpd para la semana que terminó el 19 de junio, frente a los 13.806 millones de bpd de la semana anterior, según los últimos datos de la EIA, y un aumento de 384.000 bpd con respecto al año anterior.
A las 4:36 pm ET del martes, el crudo Brent se cotizaba a la baja el día a $73.40 (-0.69%), con flujos del Estrecho de Ormuz ahora parcialmente reanudados.
El WTI también se cotizaba en el día, en $0.69 por barril (-0.98%) a $70.06, lo que representa una caída de aproximadamente $3 por barril desde el martes pasado.
Los inventarios de gasolina cayeron esta semana, en 2.106 millones de barriles en la semana que finalizó el 26 de junio. En la semana anterior, los inventarios de gasolina aumentaron en 1.238 millones de barriles. En la semana anterior, los inventarios de gasolina ya estaban un 5 % por debajo del promedio de cinco años para esta época del año, según los últimos datos de la EIA.
Los inventarios de destilados aumentaron en 2,9 millones de barriles, después de ganar 1,447 millones de barriles en la semana anterior. Los inventarios de destilados ya estaban un 10% por debajo del promedio de cinco años a partir de la semana que terminó el 19 de junio, según muestran los últimos datos de la EIA.
El inventario de cushing -el inventario mantenido en el centro de entrega del contrato de futuros de WTI Crude- aumentó 503,000 barriles durante el período del informe después de caer 982,000 barriles en la semana anterior.
Por Julianne Geiger para Oilprice.com
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Petróleo, Ormuz y la fragilidad de una economía mundial que aún respira por barriles
La caída sostenida de los inventarios de crudo en Estados Unidos, el descenso crítico de sus reservas estratégicas y la lenta normalización del tránsito por el Estrecho de Ormuz confirman que la seguridad energética global sigue atrapada entre la geopolítica, la volatilidad de los mercados y la urgente necesidad de acelerar una transición energética realista, ordenada y soberana.
Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
La economía mundial vuelve a recibir una advertencia desde el corazón del mercado energético: el petróleo sigue siendo, pese a todos los discursos de transformación verde, uno de los principales nervios estratégicos del poder global. La reciente caída de más de seis millones de barriles en los inventarios de crudo de Estados Unidos, estimada por el American Petroleum Institute para la semana finalizada el 26 de junio, no puede leerse como un dato aislado de coyuntura. Es, más bien, una señal de fondo sobre la estrechez progresiva de la oferta, la vulnerabilidad de las reservas estratégicas y la persistente dependencia de rutas marítimas críticas como el Estrecho de Ormuz.
Durante las últimas décadas, muchos analistas sostuvieron que la revolución del shale estadounidense había cambiado definitivamente la arquitectura energética mundial. Estados Unidos pasó de ser un importador estructuralmente vulnerable a convertirse en una potencia productora capaz de influir decisivamente en los precios internacionales. Sin embargo, la dinámica actual demuestra que producir más no equivale necesariamente a estar más seguro. La producción estadounidense se mantiene en niveles extraordinarios, cercanos a los 13.8 millones de barriles diarios, pero sus inventarios comerciales han perdido casi 60 millones de barriles en once semanas y la Reserva Estratégica de Petróleo continúa descendiendo hasta ubicarse en niveles no vistos en más de cuatro décadas.
Ese dato debe preocupar más que la cotización puntual del Brent o del WTI. Las reservas estratégicas no son una simple cuenta contable de barriles almacenados; son un seguro geopolítico, una herramienta de disuasión económica y una capacidad de respuesta ante crisis mayores. Cuando la principal economía del mundo reduce su colchón energético mientras el sistema internacional atraviesa tensiones militares, interrupciones logísticas y incertidumbre financiera, el mensaje es claro: la abundancia puede ser circunstancial, pero la vulnerabilidad permanece.
El Estrecho de Ormuz confirma esa realidad con una contundencia casi pedagógica. Por ese corredor marítimo transita una proporción decisiva del petróleo y del gas natural licuado que alimenta la economía mundial. Basta una amenaza de cierre, una escalada militar, un ataque a buques, una tensión diplomática o una interrupción parcial de los flujos para que los mercados reaccionen con nerviosismo. Que los precios hayan mostrado cierta moderación tras la reapertura gradual del tránsito no significa que el riesgo haya desaparecido. Significa apenas que el mercado respira, pero no que esté curado.
La caída del Brent hacia el entorno de los 73 dólares y del WTI hacia los 70 dólares podría parecer, a primera vista, una señal de alivio. Sin embargo, detrás de esa aparente estabilidad se esconde una ecuación más delicada: inventarios de crudo en descenso, gasolina por debajo de sus promedios históricos, destilados todavía rezagados frente a los niveles normales y una reserva estratégica estadounidense erosionada por años de intervenciones. En ese contexto, cualquier perturbación adicional tendría capacidad de trasladarse rápidamente a los precios internacionales, a los costos de transporte, a la factura eléctrica, a los alimentos y a la inflación.
El petróleo no sube ni baja únicamente por razones técnicas. Se mueve también por percepciones de riesgo, expectativas de escasez, decisiones diplomáticas, conflictos regionales, disciplina de productores, capacidad de refinación y seguridad de las rutas comerciales. El mercado energético es, en esencia, una síntesis entre economía y poder. Por eso, cuando los inventarios caen mientras Ormuz apenas comienza a recuperar su normalidad operativa, la lectura correcta no debe limitarse a si el barril subió o bajó algunos dólares. La verdadera pregunta es cuánto margen tiene el mundo para absorber un nuevo choque.
Para países importadores de combustibles, como la República Dominicana, esta discusión no es remota. Cada tensión en el mercado petrolero internacional termina cruzando nuestras fronteras por la vía de los precios internos, el costo del transporte, la generación eléctrica, la logística comercial, el turismo, la industria, la agricultura y el presupuesto público. La energía es una variable transversal de la economía nacional. Cuando el petróleo se encarece, no solo se encarece llenar un tanque; se encarece mover mercancías, producir alimentos, transportar pasajeros, operar empresas y sostener servicios básicos.
Por eso, la lectura dominicana debe ser estratégica. No se trata de reaccionar con alarma ante cada reporte semanal de inventarios, sino de comprender que la dependencia energética representa una vulnerabilidad estructural. La estabilidad macroeconómica de una economía abierta y altamente integrada al comercio internacional depende también de su capacidad para reducir la exposición a choques externos de combustibles. En ese sentido, la transición energética no debe verse solo como una agenda ambiental, sino como una política de soberanía económica, seguridad nacional y competitividad productiva.
La expansión de energías renovables, la diversificación de la matriz, la eficiencia energética, el almacenamiento, la movilidad eléctrica, la modernización de redes y la planificación de reservas no son lujos de países ricos. Son necesidades de países responsables. Cada megavatio renovable que reduce dependencia de combustibles importados, cada mejora logística que disminuye consumo innecesario, cada política de eficiencia que baja la factura energética y cada inversión en resiliencia contribuyen a proteger la economía nacional frente a crisis que se originan muy lejos de nuestras costas, pero que golpean directamente el bolsillo de los ciudadanos.
La coyuntura actual también obliga a repensar la relación entre petróleo y política fiscal. En muchos países, los gobiernos se ven presionados a subsidiar combustibles cuando los precios internacionales suben abruptamente. Esa respuesta puede ser socialmente necesaria en momentos específicos, pero fiscalmente costosa si se convierte en mecanismo permanente. La verdadera solución de largo plazo no consiste solo en amortiguar crisis, sino en reducir la frecuencia con que esas crisis se trasladan al consumidor. Y eso exige planificación, inversión, regulación inteligente y visión de Estado.
El mundo habla de inteligencia artificial, electromovilidad, hidrógeno verde y descarbonización, pero la realidad diaria muestra que el petróleo sigue marcando buena parte del pulso económico internacional. La transición energética será inevitable, pero no será instantánea. Durante muchos años convivirán viejas dependencias y nuevas tecnologías. En ese período de transición, los países que actúen con anticipación tendrán ventajas; los que esperen a que las crisis los obliguen a reaccionar pagarán costos más altos.
La caída de los inventarios estadounidenses y la lenta recuperación del flujo por Ormuz son, en consecuencia, una advertencia y una lección. La advertencia es que el mercado energético global continúa siendo frágil, incluso cuando los precios aparentan calma. La lección es que ningún país debe construir su estabilidad sobre la ilusión de que siempre habrá petróleo suficiente, barato y seguro. La seguridad energética del siglo XXI no puede depender exclusivamente de barriles almacenados, rutas marítimas vulnerables o decisiones tomadas por potencias extranjeras.
La República Dominicana debe mirar estos acontecimientos con sentido estratégico. No para caer en fatalismos, sino para reforzar una agenda nacional de resiliencia energética. El petróleo seguirá siendo importante, pero cada crisis demuestra que depender demasiado de él equivale a entregar una parte de la estabilidad económica a factores que no controlamos. La soberanía energética no se proclama; se construye con decisiones sostenidas, inversiones inteligentes y una visión de futuro capaz de conectar economía, ambiente, seguridad y desarrollo.
En el fondo, Ormuz no es solo un estrecho geográfico. Es un símbolo de la estrechez del margen global. Y los inventarios estadounidenses no son solo cifras de mercado. Son el termómetro de una economía mundial que todavía respira por barriles, aunque ya sabe que su supervivencia dependerá de aprender a respirar de otra manera.
Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
🛢️📉 **Los inventarios de petróleo de EE. UU. continúan disminuyendo, mientras el mercado sigue atento a la reactivación gradual del tránsito por el Estrecho de Ormuz.**
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) July 1, 2026
El Instituto Americano del Petróleo (API) reportó una caída de **6.07 millones de barriles** en las reservas… pic.twitter.com/9OYVoDDNNV

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