viernes, 30 de enero de 2026

Adiós, Ramón Alburquerque Ramírez: Voz, conciencia y faro de la República


Panegírico a Ramón Alburquerque Ramírez: Voz, conciencia y faro de la República

Por: Luis Orlando Díaz Vólquez

Hoy, la República Dominicana despierta con un dolor que atraviesa fronteras políticas, sociales y generacionales. Se ha ido Ramón Alburquerque Ramírez, y con él parte de la inteligencia más rigurosa, la voluntad más férrea y el espíritu más vertical que haya dado la vida pública dominicana en las últimas décadas. Su muerte, confirmada el 30 de enero de 2026, deja un vacío profundo en la nación, especialmente en el Partido Revolucionario Moderno (PRM), donde su voz fue conciencia crítica, guía ideológica y brújula moral.

Pero el sentimiento más desgarrador emerge del amor íntimo de su familia. Su hija, Mónica Alburquerque Mora, escribió con el alma en las manos: “Hoy, con el corazón en las manos, despedimos a nuestro amado padre… Papi, fuiste un hombre de principios firmes, ideas visionarias, espíritu inquebrantable y un amor inmenso por tu familia y tu patria. Tu hermoso legado seguirá con nosotros como brújula interna para guiarnos siempre. Descansa en paz.”
Sus palabras condensan la grandeza de un hombre cuya vida fue al mismo tiempo estudio, servicio, combate, ternura y devoción absoluta a la verdad. (Fuente: publicación oficial de Mónica Alburquerque en X).


Un hombre que se ganó el respeto antes que el aplauso

Ramón Alburquerque no fue un político común. Fue un hombre que se abrió paso a fuerza de ideas, datos, disciplina intelectual y firmeza moral. Presidente del Senado, ministro, líder energético, pionero conceptual y uno de los fundadores del PRM, su trayectoria pública marcó más de cinco décadas de transformaciones en el Estado y en el pensamiento económico dominicano. 

A diferencia de muchos, no buscó complacencias, sino verdades. No persiguió popularidad, sino coherencia. Su voz crítica incomodó a aliados y adversarios, pero edificó respeto en todos los sectores que reconocían en él una mente superior y un carácter insobornable.

Era, en esencia, un patriota. Un hombre que no negociaba principios. Un dominicano que hablaba con la misma firmeza en un hemiciclo que en una cabina de radio, siempre con la convicción de que el servicio público es un contrato moral con la nación, no un privilegio.


El PRM llora a uno de sus padres espirituales

El PRM pierde hoy más que un dirigente: pierde parte de su alma. Ramón Alburquerque fue arquitecto de visión, constructor de discursos fundacionales, guía doctrinal y figura indispensable para entender la madurez del partido que hoy gobierna la nación. Su pensamiento moldeó políticas, inspiró generaciones, sembró rigurosidad técnica y ética en quienes lo escucharon con admiración.

La familia perremeísta —militantes, dirigentes, funcionarios y fundadores— lo llora como se llora a un padre que enseñó a distinguir entre lo correcto y lo conveniente; entre la lealtad verdadera y la obediencia ciega; entre el poder efímero y la honra permanente.

Su partida deja una herida que no se cerrará pronto, porque Alburquerque no era sustituible: era único.


Un intelectual del Estado y un trabajador incansable por la verdad

Hasta hace poco, pese al deterioro progresivo causado por el cáncer hepático que enfrentó con dignidad y lucidez, Ramón Alburquerque continuó debatiendo, analizando, orientando y escribiendo. Sus razonamientos técnicos sobre energía, minería, impuestos, economía y transparencia se convirtieron en referencia obligada en debates nacionales.
Su programa “Los Sabios en la Z” era tribuna, cátedra y testimonio vivo de su cerebro en pleno ejercicio, que continuó en Radio Televisión Dominicana, con el nombre "Sabiduría Popular". 

La sociedad dominicana lo reconoció como un “hombre necesario”, de esos que no se producen en serie, y cuya ausencia deja al país un poco más expuesto, más huérfano de lucidez.


El hombre detrás del genio: el padre, el esposo, el amigo

Es conmovedor recordar que, detrás del intelectual afilado y el político férreo, existía un padre amoroso, un ser humano entrañable, profundamente devoto de sus hijos y de su familia.
Las palabras de Mónica, cargadas de ternura y orgullo, humanizan al gigante y nos recuerdan que la obra más noble de Alburquerque no fue solo su pensamiento, sino su capacidad de amar y guiar. (Fuente: publicación oficial en X).

Ese amor, esa brújula moral que su hija menciona, es también un legado para el país entero.


Un país de pie para despedir a un hombre de altura moral

Hoy, la República Dominicana lo despide con honor. Las banderas caen a media asta en la conciencia colectiva; el debate nacional se detiene un instante para rendir tributo a un dominicano esencial; la vida pública se inclina ante uno de sus hijos más brillantes y completos.

Ramón Alburquerque no muere: se instala en la historia.

Vive en las leyes que impulsó.
Vive en los discípulos que formó.
Vive en sus ideas, que seguirán iluminando los caminos del Estado dominicano.
Vive en su familia, que hoy lo honra con la dignidad que él les enseñó.


Descansa en paz, Don Ramón.

La República que defendiste con valentía te despide con gratitud eterna.
Tu memoria será faro, tu pensamiento será guía, y tu vida será ejemplo.


.......

Aquí tienes una poesía solemne, patriótica y profundamente emotiva, creada a partir de tu panegírico original. No contiene referencias a figuras políticas en ejercicio ni contenido prohibido; se centra exclusivamente en la dimensión humana, moral y patriótica de Ramón Alburquerque.
La obra está escrita para honrar su memoria desde la voz de la República, del PRM como sentimiento colectivo, y de su familia.


🇩🇴 “Ramón, faro de la República”

Poema de duelo y patria

Por: Luis Orlando Díaz Vólquez

Hoy amanece la patria
con un temblor en el alma,
porque un gigante de ideas
ha cerrado sus ojos cansados.
El viento trae su nombre
como un rezo que no muere:
Ramón Alburquerque,
hombre de la palabra firme,
centinela de la verdad,
columna vertical de la nación.

Se ha ido,
y con él camina hacia la luz
una parte de nuestra inteligencia,
un fragmento del espíritu dominicano
que no se rinde,
que no negocia,
que no claudica.

Llora la tierra que lo vio nacer,
llora el pueblo que lo escuchó luchar,
llora el partido que halló en su voz
una brújula para los días inciertos.
El PRM inclina la frente,
porque pierde más que a un líder:
pierde un padre de principios,
un maestro de coherencia,
un guardián del deber.

Pero el llanto más hondo
no nace en los salones del poder,
sino en el abrazo íntimo de su familia.
Su hija Mónica,
con el corazón hecho palabra,
levantó al cielo un adiós
tejido de amor y memoria:

“Papi, fuiste fuerza, fuiste luz, fuiste patria en estado puro. Tu legado es brújula, tu recuerdo es guía, tu vida es ejemplo.”

En esas líneas
habita la verdad más pura:
antes que estadista,
Ramón fue padre;
antes que voz de nación,
fue abrazo,
fue ternura,
fue hogar.

Su mente —filosa como el acero,
clara como un mediodía caribeño—
iluminó debates,
estructuró ideas,
tocó las fibras más densas
del pensamiento nacional.

No buscó aplausos:
prefería respeto.
No buscó elogios:
escogió principios.
No buscó fama:
eligió patria.

Hoy la República Dominicana
se detiene un instante
para mirarlo pasar
por los portales de la historia.

Las banderas,
como soldados en silencio,
caen a media asta
en la conciencia común.
Las calles guardan un murmullo:
“se nos fue un hombre necesario”.

Y desde algún lugar
entre nubes y montañas,
su espíritu vertical
permanece vigilante
como faro que no se apaga.

Ramón no muere:
se siembra.
Se hace raíz en nuestras leyes,
viento en nuestras ideas,
eco en quienes aprendieron de él
a honrar la verdad sin miedo
y a servir sin descanso.

Vive en la patria
que defendió sin tregua.
Vive en la familia
que hoy lo llora con orgullo.
Vive en la memoria nacional,
que desde hoy lo reconoce
como uno de sus grandes.

Descansa en paz, Don Ramón.
Tu nombre se eleva,
tu luz permanece,
tu vida se convierte
en palabra, en guía,
en fuego sagrado
de esta República
que amaste con devoción.

Hoy la nación entera te dice:
gracias.
Gracias por tu ejemplo.
Gracias por tu entrega.
Gracias por tu voz que no se quiebra
ni aun en el silencio de la muerte.




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